domingo, octubre 31, 2010

Dia de muertos

No voy a comentar aquí sobre las múltiples costumbres que jalonan el día de muertos en México, ni la forma de “vivir la muerte” de los mexicanos. Creo que es una parte más de cómo son los mexicanos y su forma de resignarse ante las desgracias, porque los mexicanos ante todo son eso, resignados (hasta que se hartan y montan una revolución, todo hay que decirlo). Sólo voy a relatar un hecho real que acaeció hace un par de años y que me animo ahora a escribir.
Estaba de trabajo de campo en San Quintín, acababa de llegar al campo de trabajo de Juan, ostricultor de la bahía y conocedor de la vida que colaboraba con nosotros a buen precio como panguero. Juan fue un nómada por temporadas que aprendió que los más felices son los que menos necesitan y que la mayor riqueza que puede atesorar un hombre es el conocimiento. En algún momento de su vida terminó asentándose en esta zona del mundo donde tuvo siete hijos junto a Ana y aunque de vez en cuando echaba de menos el ser nómada, creo que Juan es un tipo razonablemente feliz con la vida que lleva, aunque seguro preferiría cambiar las horas de trabajo con el ostión por horas de lectura al sol.
El campo de trabajo no es más que un destartalado trailer en medio del árido paisaje que rodea a la bahía donde Juan y sus dos trabajadores se hacen unos tacos para comer y echar el día y donde las moscas se refugian del salitre y el aire mientras se alimentan de los restos que quedan ensuciando la mínima cocina. También hay un chamizo con una mesa que sirve para proteger del sol y el aire a los que allí trabajan limpiando los ostiones de la vida marina que se les adhiere a la concha. En el agua, una panga con motor fueraborda sirve de conexión entre el cultivo y la zona de trabajo. No hay nada que deje cerrado el campo de trabajo por las noches pues, como dice Juan, si alguien quiere robar algo, da igual que lo cierre, lo abrirá y robará.
Pues bien, estábamos platicando acerca de la jornada de trabajo cuando llegó al destartalado trailer un hombre mayor, enjuto, con sombrero de paja en la cabeza al más puro estilo norteño (no, no el típico sombrero mexicano que se vende por cientos en las tiendas de souvenir de Barcelona, sino uno con aspecto más vaquero, que es el que en realidad suelen vestir los mexicanos del desierto). Venía con cara grave, serio y cuando entró en el trailer Juan le miró sorprendido. Después de los saludos y presentaciones de rigor, el hombre dijo “pues le venía a traer dos noticias” hizo una pequeña pausa, tomó aire y continuó “una buena y otra mala”. Juan blandía un matamoscas en la mano con la que perseguía a las moscas para que no nos molestasen mientras comíamos. “Pues dígalas”. “La mala es que murió su cuñada esta mañana”. Lo único que se oyó después de eso fue el vuelo de una mosca deteniéndose sobre la bota de Juan. “Y cual es la buena”. “Pues que por fin va a descansar”. Juan con un fiero golpe del matamoscas aplastó al insecto mientras decía “pues que descanse”. Acto seguido se levantó y salió del trailer. A mí sólo se me ocurrió decir “ pues sí que era una mala noticia”.

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