lunes, diciembre 08, 2008

Antros de lujuria y perdición

Una de las cosas que no me creen los mexicanos (es importante señalar que tampoco las mexicanas), es que nunca he ido a un “table” (teibol), uno de esos bares en los que una chica de, se supone buen ver, se contornea en una barra de aluminio. Bueno, nunca había ido.

En Veracruz coincidí con otro estudiante de doctorado que, un día en clase, nos explicó el agotamiento de los caladeros de pesca a través de las letras de las 1001 noches… en las que el sultán relata las aventuras amorosas con 1001 vírgenes, hasta que se acaban las vírgenes, claro. Bien, pues este chico de repente se vio liberado de su mujer y recién nacido hijo por dos días y además coincidió con su cuate, su mejor amigo. Así que los tres salimos una noche por allá y terminamos en un “table”

Lo cierto es que me lo pasé muy bien con esos dos… Me permitieron hacer uno de mis pequeños estudios antropológicos.

Cogimos un taxi y le preguntamos por uno de esos antros y por los precios de cada uno. Primero, el más barato por supuesto. Llegamos a la puerta y negociamos.

Oferta de chelas y pase privado.

¿Cómo están las viejas?

Muy buenas (varios a la vez), no vean qué culos güey.

¿Pero están buenas?

Que sí hombre, pasa a verlas y opina tú mismo

Victor pasa, se cierra la puerta y antes de que se cierre del todo sale espantado. Vamos a otro sitio.

Nuevo trato con el taxista. Al segundo más barato (en total había tres)

Oferta de chelas y pase privado.

Pasen chicos pasen, 25 viejas os están esperando. Se repite la conversación. Pasa Victor nuevamente. 25 sí que hay 25, alguna buena habrá.

Pasamos, me dan una tarjeta verde para un pase privado, es decir, para que una tía de mi elección, se me acerque y me ponga el culo en la cara y/o en la entrepierna.

Pasamos y vamos bebiendo las cervezas que entraban en el trato (y ya iban…). Hay un chingo de hombres de mediana edad (es curioso como la terminología mediana edad, jóvenes y mayores va cambiando a medida que uno se hace… de mediana edad). No hablan casi. La mayoría mira con fijación a la chica que toca (y se toca) encima de la tarima. Estas hacen primero un baile sensual, con ritmo y después con una segunda canción mas “sexi” se quitan la ropa. Un tipo con micrófono va presentándolas y pidiendo aplausos. Los camareros son típicos chicos guapetes con músculo. El público mira con ojos lascivos a las chicas. Nosotros hablamos y nos echamos las risas. Soy de los pocos que miran para todas partes como quien entra en una catedral y se fija en los diferentes detalles que la adornan.

Entra una pareja y toman asiento íntimo cerca de la tarima. No hablan mucho, él mira más la tarima que a la acompañante. La acompañante parece resignada y siempre empieza las conversaciones que el responde distraído. ¿Qué clase de relación tendrán?, me pregunto.

Victor utiliza su invitación para que se acerque una jeva y le haga el numerito a su amigo. Ella es de las pocas con cierto atractivo. Él babea.

Se me acerca una de las chicas y me pide que le pida que ella me haga el pase privado. Le digo que no gracias, que no tengo intenciones de utilizarla. Me pregunta que por qué no. Le cuento mi historia (es mi primera vez y todo eso). No me cree. Le digo que por qué iba a decirle una mentira. Al final parece creerme y me insiste por lo del pase y me explica que por cada tarjeta ganan dinero y si a mi me da igual… Le digo que si la utilizase que la llamaría a ella.

Ella se sube a la tarima y hace su baile mirándome. Yo me muerdo la lengua para no reírme. Victor le pide a su cuate la tarjeta, que ya que le había regalado su pase privado qué menos que le de la suya. Se la da. Victor la utiliza para que otra chica le haga un numerito a su cuate. Este le mira con cara de pinche Victor, ya me volvió a engañar. La chica le pone el culo en la cara y deja de quejarse.

Victor me pregunta si voy a utilizar mi invitación. Le digo que no. Me la pide. Se la doy. La utiliza para echarse un baile con la “clásica”, esa que tiene cuarenta y pico, pasada de vueltas, que intenta mantenerse sexi para no perder su trabajo mientras masca chicle con la boca abierta.

Estamos borrachos. Se acabaron las chelas. Vamos a dejar propina. No nos queda dinero. El camarero nos mira con cara de odio. Parece que Victor ha encontrado algo en su bolsillo. El camarero espera ansioso el billete. Victor desenvuelve, tan pausadamente como sólo los borrachos pueden hacerlo, una octavilla con las ofertas de un restaurante. El cuate y yo nos empezamos a descojonar cuando vemos el resultado de esa desenvoltura mientras al camarero le sale humo por la orejas.

Una noche divertida, sin duda, pero me pareció patético los tipos allí babeando porque una tipa le pone el culo en la cara. Tal vez si las tipas hubiesen estado rebuenas, habría babeado yo mismo, pero lo dudo. Lo cierto es que me parecía muy grotesco el mercado de carne en el que me vi envuelto. Dicen que es denigrante para la mujer… a mi me parece denigrante para el hombre… ellas sólo se están ganando la vida.

4 comentarios:

pelucheaspero dijo...

mítico...una pena que no haya fotos de tan selecto local.

Seguro que la "jeva" era un "bellezón" Modo irónico off

Ornelia dijo...

...zazazáz yacuza yacuzaa, la memesa que más aplauda, la mesa que más aplauda, le baila, le baila la niñaaaa...

tardé mucho tiempo en saber que la canción de moda ese verano en chiapas iba de un bar de striptease

Lara dijo...

mmm...no sé joselillo...si las pibas hubieran estado tremendas, no sé qué hubiera pasado...

Iñaki Abella Gutiérrez dijo...

Muy buena la última reflexión, la prostitución es más denigrante para el cliente que para el trabajador.
A ver si nos vemos...